La Traviata. Crítica. Imprimir
Escrito por José R. Díaz Sande.   
Domingo, 03 de Enero de 2010 18:00

LA TRAVIATA

AGRADABLE Y ACERTADA VELADA

CON UN PÚBLICO ENTUSIASTA

Título: La Traviata

Música: Giuseppe Verdi

Libreto: Francisco María Piave, Basado en la obra de Alejandro Dumas (hijo): La Dama de las Camelias

Opera en 4 actos

Intérpretes: Saioa Hernández (Violeta), Rafael Lledo (Alfredo), Santos Ariño (Germont), María José Santos (Flora), José Alberto García (Gastón), Carlos London (Barón), Ulises Fuentes (Doctor), Mercedes Sanz (Anina),

Duración: 2 Horas 35 Minutos aproximadamente con 3 descansos de 10 minutos.

Estreno en Madrid: Teatro Compac Gran Vía,      2 – VI - 2009

La Traviata es la última en la programación de la compañía Ópera Romántica. De todas las obras de Verdi, a pesar de su rechazo inicial por la sociedad bienpensante de su época, ha sido de las obras más populares y cuyas melodías andan en boca de los aficionados, siendo el brindis Libiamo!, el que conocen hasta los no aficionados.

Vuelve el mismo tratamiento con la obertura. Asistimos al vestimiento de Violeta (Traviata), que comienza lánguidamente reclinada sobre un sillón. Da la sensación de que empezamos por el final, pero no es así. Lo que lleva a esa reflexión es la postura corporal semidormida. También es un modo de mostrarnos a la actriz – representante de todos los actores – en su preludio antes de que se levante el telón. Hay otra razón, imagino, para este tratamiento visual. Verdi, en su obertura avanza los dos temas claves de la obra: el tema del amor y el tema de la muerte, es decir el final. Musicalmente hay un preanuncio del trágico y sacrificado final.

Cuando los últimos fragmentos de la obertura están para agotarse, la actriz pide a Anina, su doncella (podría ser la doncella de la actriz, como sucedía antes en el teatro del siglo XIX), el vestido. La obertura está desgranando las últimas notas y el largo guante negro ha cubierto el antebrazo de Violeta. Pasa al centro con el último acorde y saluda al público inclinándose: la función va a comenzar. El telón de gasa se precipita en lo alto y la sala llena de invitados cobra vida. Domina el rojo en el vestuario de ellos y ellas. Ellas han dejado de lado el miriñaque – ambientación de las primeras versiones – y han preferido un vestuario de principios del XX. Todo el  conjunto posee   empaque y resulta brillante. 

Esto de los cambios de época ha ocurrido desde el mismo día del estreno. Verdi y su libretista Francisco María Piave, la situaron en la época contemporánea, 1853. La ópera provenía del impacto que a Verdi le produjo ver en París la representación teatral de La Dama de las Camelias. Ya aquella puesta en escena armó cierto revuelo, pues subía al escenario y se compadecía de ella, llevándola a rango de heroína a una prostituta de alto standing. En el caso de la ópera Verdi también optó por situarlo en su época, el 1853, y por lo tanto con el vestuario que utilizaban los espectadores. La amenaza de incomodidad para un público bien pensante se unió a una concepción de que la ópera debía reflejar tiempos pasados por aquello   de no es congruente presentar un ambiente contemporáneo en el que los intérpretes cantan. Chocaba el realismo de la escena con la artificiosa emisión del bel canto. Así pues el estreno optó por retrotaer la historia al siglo. XVIII. En la corte francesa del Rey Sol y sus sucesores, podría suceder de todo como el bendecir a una cortesana y también podría encajar aquel panfleto contra la burguesía y sus vicios, como alguien la calificó, o bien como incluso ya en 1959 el crítico A. Basevi reprochaba en que se trataba de volver “afable un tema inconveniente”.

El fracaso del estreno se atribuyó a estas reticencias morales, pero, según las crónicas, también al mediocre reparto de La Fenice de Venecia. Graziani, el Alfredo, estaba ronco; Varesi, el padre de Alfredo, muestra poco interés por la partitura y no se esfuerza, y la soprano Salvini-Donatelli, choca con su personaje de Violeta por su exuberante naturaleza de contextura rolliza que no es creíble, sobre todo en el final, cuando muere de tuberculosis. Al año siguiente se reestrena en el Teatro San Benedetto de Florencia y obtiene el éxito. A partir de entonces el personaje de Violeta, ha sido hambreado por las grandes cantantes y la ópera, ambientada en la época, prosiguió un curso feliz.

 Ópera Romántica la ha trasladado a 1900, como ya he dicho. No se ha situado más adelante, según sus creadores, porque a partir de 1920 la mujer entra en una mayor transformación y concienciación social y ven difícil que aceptase el “sacrificio y renuncia” que se le pide a Violeta
 
El vestuario elegido resulta más cómodo para moverse en escenario reducidos, pero se ha buscado algo más: el simbolismo. Todos los vestidos son rojos, incluyendo los chaqués de los hombres. Igualmente los grandes cortinones ostentan el mismo colorido. Elegir el rojo, en nuestra cultura occidental, nos lleva a concebir la pasión, sentimiento del que está lleno todo el primer acto En el resto de los actos, el colorido irá hacia a otros colores acordes a la situación emocional. Quiere esto decir que se ha pretendido un estudio bien cuidado a nivel plástico.

Son cuatro los espacios requeridos: sala de baile en casa de Violeta; casa de campo cercana a París; casa de Flora con mesa de juego incluida, y dormitorio de Violeta. Sobre la base común de las grandes columnas de piedra, cuya ubicación en cuña proporciona profundidad, se suben y bajan grandes lienzos de cortinas, que proporcionan la grandielocuencia operística. Todos los escenarios sirven bien a la historia. Tal vez la casita de campo sobrepase la sencillez de la vida del campo. 

 

En la función del 6 de mayo Violeta fue cantada por la soprano Saioa Hernández, la cual hace unas dos semanas ha ganado el Premio Manuel Asensi. Es una gran promesa y posee una amplia tesitura, proporcionando los diversos matices, lírico y dramático, que impone el personaje. Fue la triunfadora y entusiasmó al público que, no sólo aplaudió sus conocidas arias, sino que al final elevó el volumen de unos prolongados aplausos.

  

Rafael Lledó (1), se encargó de Alfredo. Lledó es tenor de bien timbrada y segura voz. No obstante, en esa velada, comenzó desigual y pálido en el primer acto. A medida que la función fue avanzando, recuperó seguridad. Hay algo ajeno al canto, pero que choca un poco. Lledó tiene su edad y aunque la edad física, en   la ópera no existe, restalla un poco al proporcionar a

Alfredo su pelo canoso. No se ve la razón de por qué no acercárnoslo a la edad del personaje.

  SAIOA HERNÁNDEZ

El otro puntal en la obra se el padre de Alfredo, Germont. En esta ocasión es Santis Ariño quien se encarga del personaje. Santis Ariño nos dio una Bohème y una Madame Buterfly espléndidas. Aquí mantuvo la misma dignidad salvo su aria en el segundo acto “Di Provenza il mare…”, que en la subida la voz tuvo en los dos momentos una cierta vacilación, de lo cual fue consciente. El público supo perdonárselo y al final los aplausos arreciaron.

Esta Traviata resultó una agradable y acertada velada con un público entusiasta que ha llenado más de la mitad del patio de butacas, sin contar con el anfiteatro.

 

Ópera Romántica con La Traviata termina su temporada en Madrid. Ha sido un curioso fenómeno. Se comenzó, por parte del público, con cierta reticencia e incluso poca generosidad en cuanto a la asistencia. A medida que los días fueron transcurriendo y a la luz de la dignidad de las representaciones, el público aumentó y fue creciendo en entusiasmo, mostrando que hay un público adicto a la ópera, pero que renuncia al no poder a, deberían encontrar más apoyo a nivel institucional, ya que la Ópera no se termina en el     Real de Madrid, el Liceo de Barcelona, el Arriaga de Bilbao o el Campoamor de Oviedo.

 

 (1)

Refael Lledó estrenó una ópera olvidada, La muertede Gracilaso, y que se creía perdida de Ruperto Chapí: La muerte de Gracilazo. Movió cielo y tierra para encontrarla: la SGAE y las familias del compositor y el libretista sin resultado satisfactorio. Mari Luz Ruiz del archivo de la Sociedad de Autores le indicó que fuera a los conservatorios de Madrid. En el Real Conservatorio de Madrid estaba la ficha, pero no el manuscrito ni la partitura. La insistencia de la bibliotecaria de que si había ficha, había ejemplar, le llevó a encontrar el preludio. Todo parecía haber quedado en ese preludio, hasta que la luz se encendió: ¿y en el edificio contiguo? En efecto, estaba la partitura, pero el manuscrito era indescifrable. Fue el director musical Tulio Gagliardo quien tras un año y medio de trabajo lo descifró. 

 

La muerte de Garcilaso  la compuso Chapí con 24 años.  Estaba becado en Roma por la Real Academia de San Fernando y la envió a Madrid como muestra de sus progresos. Está firmada el 14 de abril de 1876 en Milán. Un desconocido cronista de la época destacó en la audición la existencia de  "melodías deliciosas". Después el silencio.

 

Se estrenó en Esmirna (Turquía) con un reparto mixto: españoles y      

turcos. La razón del estreno en Esmirna, se debe que Gagliardo era uno de los responsables de la Ópera de Esmirna. Con posterioridad se estrenó en Toledo, auspiciada por la Fundación Gracilazo de la Vega.

"Todo lo que se relata es real. Es la batalla en la que murió Garcilaso de la Vega, que fue uno de los soldados más importantes de Carlos V. La única licencia es que su esposa Elena no estuvo presente el día de la muerte", relata Nancy Rodríguez – esposa de Rafael Lledó – e inérprete del personaje de Elena.


José Ramón Díaz Sande
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Última actualización el Martes, 18 de Mayo de 2010 09:45