Los negros. Genet. 2011. Critica Imprimir
Escrito por Jeerónimo López Mozo   
Jueves, 10 de Febrero de 2011 07:58

LOS NEGROS

CULTURAS ENFRENTADAS

 

 
 FOTO: LUIS MALIBRÁN
En el escenario, un grupo de negros celebra, en torno a un túmulo vestido con un lienzo blanco, el sacrificio ritual de una mujer blanca. Desde una tribuna cercana, cinco individuos son testigos del acto y se disponen a juzgar a los culpables del asesinato. Se trata de los representantes del poder de un estado colonial. No hay lugar a dudas. Su vestuario define la condición de cada uno de ellos. Allí están la reina, su ayuda de cámara, el gobernador, un misionero y un juez. Llama la atención que estos personajes son representados por actores negros que se cubren el rostro con máscaras blancas. ¿Pero de qué trata Los negros? A primera vista, es una obra que denuncia el colonialismo. Así, sin más. Al menos eso se desprende de las declaraciones de numerosas voces autorizadas que la conocen. Hay un hecho que, en primera instancia, viene a darles la razón. Cuando en 1959 Genet dio a conocer la obra, una fuerte e imparable corriente emancipadora recorría África. Apenas un año después, alcanzaban la independencia, entre otros países, el Congo Belga, Nigeria, Costa del Marfil y Senegal. Sin embargo, a veces las apariencias nos disuaden de profundizar más en el análisis de las cosas, y nos engañan. Sucede en este caso, en el que se ha llegado a establecer cierta relación con España por su condición de antigua potencia colonial y, en la actualidad, de país receptor de inmigrantes. Apreciación reductora dónde las haya. Y es que el colonialismo solo es una de las cuestiones que Genet plantea, no siendo, además, la esencial.

 

Su teatro no es de carácter moral. Su propia biografía, asumida plenamente sin remordimientos de conciencia, le impedía juzgar la bondad o maldad de las acciones humanas. Tampoco es reivindicativo de ninguna causa, por justa que sea. El asunto del colonialismo es, en su opinión, de orden político y, en todo caso, la liberación de los oprimidos depende, fundamentalmente, de ellos mismos, siendo su arma más eficaz la acción directa. Nunca, desde luego, el teatro. Genet aborda otras cuestiones. En declaraciones formuladas hace décadas decía que su intención en esta obra y en alguna más salida de su pluma era la de dar voz a algo profundamente enterrado que los negros y otros seres marginados son incapaces de expresar. En consonancia con ello, hay quien cree que Genet trataba de que los blancos comprendieran la actitud real de los negros, lo que no resulta fácil debido al enorme desconocimiento que preside sus relaciones. Eso pensaba George Wellwarth a propósito de esta obra, idea que, en líneas generales, comparto. Según él, para el hombre blanco solo existe lo que sus ojos ven y el hombre negro contribuye a que así sea mostrando lo que aquél espera ver. El resultado es un espectáculo en el que los aborígenes se muestran felices, inferiores y primitivos, dando saltos en un claro de la selva en espera de ser civilizados por los misioneros o de entrar a trabajar en alguna factoría.

 

Para expresar todo esto, Genet recurrió a la ceremonia, como ya había hecho en Las criadas y El balcón, e impuso ciertas reglas. Entre ellas, la exigencia de que los actores fueran negros. Quizás convenga aclarar las dudas surgidas respecto a esta cuestión,  suscitadas a partir de la información un tanto equívoca difundida a propósito de la puesta en escena que comentamos. Para despejar cualquier duda, baste recordar que, en cierta ocasión, el propio autor negó la autorización para representar la obra en Polonia ya que no se logró encontrar actores negros que hablaran polaco. La dificultad para cumplir tal requisito fue la causa de que Miguel Narros renunciara a montarla en España en 1970. Lo hace ahora, cuarenta años después, y hay que decir que es admirable que durante tan larga espera no haya decaído su interés por afrontar tan difícil reto.

 

Lo ha hecho a partir de la adaptación de Juan Caño Arecha, respetuosa con la obra original, como también lo es la escenografía de Andrea D’odorico, que reproduce con fidelidad los espacios escénicos descritos en las acotaciones. En cuanto al elenco, al fin ha encontrado actores suficientes para completarlo. Otra cosa es que responda a las necesidades de una obra tan exigente en materia interpretativa. Su experiencia, más cinematográfica y televisiva que teatral, es un lastre que acaba pasando factura. Narros extrae de ellos lo mejor que tienen y logra momentos de emoción y gran aliento poético, pero no son suficientes. Tampoco, la belleza de algunas imágenes de notable fuerza expresiva. Hay violencia en el escenario, pero no la que sugiere el texto, sino la provocada por el continuo tono gritón y sin matices con que es dicho. Muy lejos, desde luego, de la que hubiera proporcionado un decidido y claro acercamiento a la crueldad artaudiana. El resultado hubiera sido una violencia más auténtica y visceral que la sugerida por el falso realismo que se nos ofrece. Pero para eso hubiera sido necesario demorar aún más el encuentro de Narros con este admirable texto. Pero la energía se va agotando, aunque él se empeñe en demostrarnos lo contario. En todo caso y aunque tengamos que darle la razón, somos de la opinión de que más vale tarde que nunca.
 

Autor: Jean Genet Adaptación: Juan Caño Arecha

Ayudante de Dirección: Luis Luque

Coreografía: Marta Gómez 

Escenografía: Andrea D’Odorico 

Iluminación: Juan Gómez Cornejo 

Espacio Sonoro: Luis Miguel Cobo 

Vestuario: Paco Delgado 

Diseño gráfico: Arteaga & San José 

Fotografía: Luis Malibrán  

Realización decorados: Odeón 

Transportes: Transdecor S.A. 

Maquinaria: Andrés Martín 

Dirección técnica/electricidad: Antonio Regalado 

Regiduría: Laura Zamudio 

Peluquería/sastrería: Bárbara Quero 

Gerencia: José González  

Adjuntos Producción: José Casero / Víctor Manuel Dogar  

Productor Asociado: Sancho Gracia 

Productor: Celestino Aranda.

Intérpretes: Boré Buika (Village), Ovono Candela (El Juez), Claudia Coelho (La Reina), D’Noé (Felicité), Mansueto Manel (Ville de Saint-Nazaire), Carmen Mangue (Bobó), Eloisa Martín (La Pianista), Patrick Mitogo (Valet), Elton Prince (Archibald), Jennifer Rope (Vertu), Leonid Simeón (El Gobernador), Malcolm Sité (Diouf), Marilyn Torres  (Neige), Isaac Vidjrakou (El Misionero).

Dirección: Miguel Narros

Duración: 2 horas aproximadamente, sin descanso.

Estreno en Madrid: Teatros del Canal (Sala Verde), 26 – I- 2011 

 
 
 
 FOTOS: LUIS MALIBRÁN

 


JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
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Última actualización el Lunes, 25 de Abril de 2011 16:29