El día que nació Isaac. Crítica. Imprimir
Escrito por José R. Díaz Sande   
Martes, 01 de Marzo de 2011 16:21

EL DÍA QUE NACIÓ ISAAC

ASUMIR LA VERDAD PURIFICA

 

 

 FÉLIX GÓMEZ / DIANA PALAZÓN / RICARD SALES/ CYNTHIA MARTÍN
FOTO: ANDRÉS DE GABRIEL

Antonio Hernández Centeno, con amplia experiencia en el mundo de la escritura – guiones de televisión de última hornada – se ha decidido por El día que nación Issac para el teatro. Sobre la génesis e ilusiones de este texto y su entorno se puede consultar nuestra página www.madridteatro.net. La experiencia mencionada se percibe en la creación de situaciones y unos diálogos fluidos y creíbles, cuando los personajes cobran entidad y hablan.

 

La historia no conviene desvelarla, pero sí se puede decir que va del encuentro de dos amigos, tras varios años. Cuando se da este encontronazo – porque es lo que será - rondan los treinta bajos y cada uno tiene su respectiva pareja. A partir de una cena de las dos parejas se desvela que han recorrido caminos diversos en la vida: uno más conservador, rayano en un cierto fundamentalismo, y otro más liberal, en los límites de una gran permisividad. Un acontecimiento que se llamará Isaac – un bebé engendrado de un modo peculiar – convulsionará las historias de unos y otros. Si quieren más: asistan al teatro.

 

El autor ha creado por un lado a Nacho (Félix Gómez)/Marta (Diana Palazón), y por otro a Denis (Ricard Sales/Carmen (Cynthia Martín). La primera pareja – cristiana, conservadora y abotargada de preceptos -, y la segunda pareja – posiblemente agnóstica, liberal y libre de normas -, comienzan siendo dos polos opuestos. Al final hay una serie de interacciones que nos llevarán a un “happy end” (final feliz), del que gusta el autor, según sus palabras, porque “El día que nació Isaac es en definitiva una historia donde la verdad se impone como única condición para hacer posible unhappy end”.  Y esta viene a ser la tesis de la obra.

 

En estas dos parejas, parece que Hernández Centeno quiere simbolizar dos modos de ideología y de enfrentarse ante la vida en la Sociedad Española, que podría ser extensible más allá de nuestras fronteras. No obstante, temas como la homosexualidad, el aborto, el sexo indistinto colectivo pagado de parejas, y  otros flecos sociológicos son, en España, de última hornada, desaparecida  la dictadura anterior.

 

La pareja Nacho/Marta posee todo lo que su mentalidad cristiana más tradicional y, casi fundamentalista, le ha transmitido. Denis/Carmen son el polo opuesto y representan esa otra mentalidad más liberal que se ha ido fraguando a lo largo de todos estos años de democracia. La división llega a más: la primera pareja pertenece a una clase social alta y con un tipo de trabajo seguro. La segunda se mueve en el inseguro mundo artístico y no tienen reparo en cobrar por sus orgías sexuales. Así pues, los contendientes están claros. El espacio del ring son las casas de una y otra pareja.

 

Ya esta cartesiana clasificación tiene algo de artificial, aunque no hay que negar que se dé en ciertos sectores sociales. Esto podría pasar. Lo que sucede es que Centeno ha creado, en el arranque de la obra,  unos estereotipos, más que unos seres humanos. Después está la forma de informar al espectador de tales posiciones vitales. Tras una irrupción de un personaje en abrigo o gabardina roja y la presentación de cada uno a nivel sonoro: “Soy Nacho y tengo…” las parejas, sin tapujos, se presentan un tanto brechtianamente a los espectadores, describiendo su ideología, sus convicciones y su posición ante la vida. Este modo de acercarnos a los personajes resulta un tanto primitiva y lejos del concepto brechtiano, así como del teatral. La incomodidad aumenta por el excesivo tiempo que se emplea en ello, por respirar bastante de didactismo, y por ser innecesario. Ya nos iremos enterando de sus posicionamientos con el transcurrir de la historia, como después sucederá. Sobra, y uno tiene la tentación de levantarse y marcharse. La obra podría comenzar, a mi entender, con el primer encuentro de los dos amigos. A partir de entonces comenzamos a interesarnos y a vivir con los personajes y quererlos. Bastaría dejar. Como introducción, si es que se gusta de las introducciones,  bastaría esa información sonora: “Soy Nacho…” con tal de que se entienda, pues el fondo musical enmascara la intelección de las palabras. También parece innecesario el estructurar la historia partiendo de un presente, ir a un  “flahsback” (vuelta atrás) y retomarlo un poco antes del final.

 

El texto está construido a base de escenas cortas en un montaje alterno, que denuncia el origen televisivo y cinematográfico del autor. Contra esto no hay nada que objetar, a nivel de textos escritos sobre el papel, pues proporcionan fluidez y agilidad. Y esto Centeno lo sabe hacer bien.  Sí hay algo que objetar en el modo y esto pertenece a la dirección escénica.  Se resuelve sobre un escenario evocador del cinemascope: dos ambientes precisos – la casa de Nacho/Marta y la de Denise/Carmen –, y otro central de injerto de comedor de los dos ambientes, separados, en el suelo, por unas líneas coloristas fluorescentes, las cuales sobran. Se entiende suficiente sin necesidad de ellas. La traducción escénica teatral a la que se ha recurrido para ese montaje alterno de escenas consiste en apagar un espacio y encender el otro. Así avanzamos a lo largo de toda la representación. No resulta feliz, pues experimentamos la pausa, amén de  dejar recortadas, en el fondo blanco-marfil, las figuras, que no intervienen en ese momento, mediante la  congelación de los actores. Tal alternancia muy eficaz en cine o televisión, gracias al montaje por corte, no encuentra, aquí, su traducción escénica. En teatro se puede conseguir con un acabalgamiento de las frases, incluso antes de que se encienda la luz y el que los  personajes se encuentran en otra posición en la que los dejamos, rompiendo el llamado “raccord”.

 

Este ir por anhélitos en un texto que exige una gran agilidad, se intensifica con una serie de parones musicales en oscuro con la única luz de la división fluorescente, cuya única intención no es la pausa emocional dramática, sino el cambio de vestuario. En teatro el cambio de vestuario, siempre está muy ligado al hilván de las escenas y hay recursos, que aquí parece no habrse encontrado. Esto lo entendió muy bien el mundo de la Revista Musical.

 

Tema aparte es la interpretación de los cuatro actores, cada uno en su registro, que comienza a emocionarnos y a divertirnos con cierto humor vertido en el texto, cuando hemos pasado ese primer mal trago del mencionado prólogo. Los personajes evolucionan a través de una interacción mutua y van encontrando su verdad. La habilidad de Hernández Centeno es evitar “los buenos y los malos”, algo que tememos recién levantado el telón. A medida que avanza la historia, es capaz de mostrarnos unos seres, víctimas de sus entornos sociales, y al mismo tiempo con capacidad de redención al poder intercambiar experiencias, dialogar y aceptar su verdad.

 

A nivel de escenografía hay elementos que no acabo de encajar. Uno de ellos es el fondo de color marfileño. Sería mejor la cámara oscura y evitaríamos ese recortado de las figuras estáticas. Aunque la historia tiene bastante de realismo, ello no quiere decir que necesite tantos elementos realistas de mobiliario. Sería de desear mayor sobriedad.

 

El día que nació Issac es un texto válido y con una buena interpretación por parte de los cuatro actores, que necesitaría un lenguaje escénico y una revisión del ritmo.


Título: El día que nació Isaac

Autor: Antonio Hernández Centeno

Escenografía y diseño de luces: Moisés Robles

Diseño de vestuario: Vicente Soler

Música: Blam de Blam

Compañía: Septiembre Producciones S.L.

Intérpretes: Félix Gómez (Nacho), Diana Palazón (Marta), Ricard Sales (Denis), Cynthia Martín (         Carmen)

Dirección: Antonio Hernández Centeno

Estreno en Madrid: Teatro Fernán Gómez, 17 – II - 2011
 
 
DIANA PALAZÓN / FÉLIX GÓMEZ
CYNTHIA MARTÍN / RICARD SALES
FOTO: ANDRÉS DE GABRIEL

 


José Ramón Díaz Sande
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Última actualización el Lunes, 25 de Abril de 2011 16:33