Veraneantes. Gorki. Gutierrez. 1991. Crítica Imprimir
Escrito por José R. Díaz Sande   
Sábado, 16 de Abril de 2011 11:41

RESEÑA 1991
NUM 215, pp. 18/19

VERANEANTES
HOY COMO AYER

Ángel Gutiérrez era de los niños que tuvieron que huir a Rusia durante la guerra. Al comenzar la democracia en España volvió con un fructífero bagaje de dirección teatral y gran conocimientos de los autores rusos. Creo con el grupo de alumnos que tenía en la RESAD el Teatro de Cámara, que después pasó a ser Compañía. La Perestoika se nos descolgó y creo conveniente revisa al Gorki de los Veraneantes.

 

FOTO: R. GORDÉ

Con el montaje de Veraneantes del Teatro de Cámara, su director, Ángel Gutiérrez, ha planteado una revisión a la luz de los efectos de la revolución y de la última perestroika. Aparte de poseer unos bellos personajes y carac­teres, unas relaciones románticas deca­dentes de gran belleza estética y unos diálogos preciosos en estilo y cundio­sos en contenido, había que iluminar el texto para ver si, además de la provo­cación revolucionaria local, podía aña­dir algo más a nuestra época. Imagino que la pregunta inmediata de Ángel Gutiérrez ha tenido que ser: ¿puede decir algo Gorki a un pueblo convulsionado  por la perestroika?, ¿puede Gorki impulsar a algo a una comunidad capi­talista en vías de socialización?

 

Es posible que estas preguntas sean respondidas en unos Veraneantes transidos dramatúrgicamente por el tiem­po teatral que comienza con el destino de esa burguesía decadente: el campo de concentración, la violencia de otros dominadores sobre estos pequeños burgueses cuyo pecado es haber olvi­dado su origen y ser insensibles al dolor de sus antepasados, encarnados en las nuevas generaciones proleta­rias. Si la revolución era el único medio de salir de un sistema injusto, no encon­tró la utopía pensada por los revolucio­narios menos egoístas y más idealistas. Aquella revolución también fue san­grienta. Lo cual no quita que el discur­so esencial de Gorki siga siendo váli­do: Gutiérrez parece encontrarlo en el personaje de María, concretado en el parlamento que Carmen Fernández transmite con especial devoción: “no­sotros, hijos del pueblo, del campo, de la misma vida, al llegar arriba nos olvi­damos de los orígenes y comenzamos a ser injustos”. Esta es la gran lacra de la burguesía. Este es, a mi juicio, el enganche con nuestras sociedades actuales. Siguen siendo injustas. Los que proceden de abajo olvidan y ter­minan comportándose como cualquier poderoso. Tragedia humana en la que poco se progresa.

 

Que Gorki hubiera tenido esta visión es discutible. La obra está escrita antes de las consecuencias positivas y nega­tivas que supuso la revolución. Que sus textos sigan ofreciendo un discurso serio, crítico y con mil prismas de interpretación  por la propia riqueza intrínse­ca de personajes y situaciones, no es sino el marchamo de la obra de arte.

 

Este montaje posee la virtud de un discurso coherente, inteligible y bri­llante en su aspecto coral. Obra de muchos actores con historia y entrelazadas entre unos y otros consigue el hilván para no perder la idea central: decadencia, alienaciones románticas (Varia) e ideologías redentoras (María). Esta estética presente en la escenografía, vestuario - obra muy bien vestida - y movimientos de los actores, tanto en su desplazamiento como en sus fugaces cuadros plásticos. Se recompone eficazmente la estultez, la ebullición inconscientes, el decadente manierismo de amores o halos poéticos trasnochados. Hay una auténtica  dirección coral y unitaria  que sólo  es posible cuando todo el grupo posee un mismo método de trabajo y no existen ambiciones estelares por parte de los actores.

 

Los “peros” que se pueden encontrar  son el precio a pagar cuando el grupo actor al rezuma juventud, aunque no inexperiencia ni falta de profesionalidad. Dicha juventud hace que algún  personaje necesite más edad en el actor, máxime en un espacio, cercano al público. Cuesta, al principio, entrar en la piel de alguno de estos personajes, aunque, curiosamente, termina uno por encontrarlo. Es un buen trabajo en todos los sentidos y muy cuidado hasta en el personaje cercano al figurante.

 

Existe un inteligente aprovechamiento, miento del espacio escénico. Ante la imposibilidad de encajonarlo en el  pequeño escenario de la Sala Mirador, se ha preferido llevarlo a lo que sería  el patio de butacas y aprovechar acertadamente las paredes de la sala  como fachada, creando el ambiente requerido. El vestuario entremezcla épocas  y mantiene líneas evocadoras del pasado, acercando situaciones y sugiriendo tiempos. Fragmentos de  texto se han tejido brillantemente con  danzas - bien cuidadas y ejecutadas - que subrayan o contrastan la profundidad  de la palabra.

 

Una dificultad dramática en Gorki son sus pasajes más catequéticos. El olor a mitin suele ser inevitable, y aquí es desigual el éxito.  Me ha parecido ver una especie de distanciamiento en el decir, pero que no evita el didactismo, a excepción del discurso de Carmen Fernández (María), que lo llena de emoción y lo hace más creíble

 

Siendo un espectáculo muy cuidado y de calidad, hay puntos débiles. En las voces de los actores - algo que tiene remedio y que imagino es fruto de los primeros días- no todos consiguen el mismo volumen, lo cual crea destemplazna. En un espacio teatral más amplio sería  necesario el bello volumen de Antonio Castro y Germán Estebas, pero aquí desentonan. Existe también una plástica de maniquíes sangrantes. Al principio esparcidos por el suelo como restos humanos; posteriormente presentes en el escenario como espec­tadores inertes; y al final, arremolinados en el centro como si estuvieran ante el paredón. Sobran o añaden poco a los auténticos maniquíes humanos, como son los personajes. También me surgen dudas sobre el tratamiento, no la interpretación, que se le ha dado a Vlas. Hay demasiada vitalidad en él  - el físico del actor es demasiado sano -, en detri­mento de un romanticismo revoluciona­rio más cerebral y, por tanto, más con­tradictorio y más  alocado.

 

Una buena interpretación de conjun­to en la que sobresale la serena belleza de Marta Belaustegui, componiendo un personaje evocador, y la cálida palabra de Carmen Fernández, apelando a una era en que reine el verdadero sentimiento humano de acercamiento entre los hombres. Veraneantes, de Gorki-Gutiérrez, es un buen espectáculo que no cansa a pesar de su larga duración y que parece ser la reflexión de su director sobre los auténticos sentimientos  y anhelos humanos que, por desgracia, ningún Estado consigue traducir.

 

Título: Veraneantes.

Autor: Máximo Gorki.

Adaptación, dirección, escenografía y vestua­rio: Angel Gutiérrez.

Coreografía: Liudmila Ukólova,

Iluminación: Belarmino Alvarez.

Pro­ducción: Teatro de Cámara de Madrid.

Intér­pretes: Germán Estebas, Marta Belaustegui, Alicia González, Antonio Castro, Vicente Rodado, Isabel Gálvez, Carlos Vizcaíno, María José Pedroche, Carlos Fernández, Car­men Fernández, Virginia Rueda, Jesús Salga­do, Juan Luis Veza, Rafael de la Cruz, Alvaro Lavín, Fernando Soto, Miguel del Ama, Julia Ruiz.

Estreno en Madrid: Sala del Mirador, 18 - 1- 1991.

 


José Ramón Díaz Sande
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Última actualización el Domingo, 26 de Junio de 2011 18:09