El sueño de la razón 1970. Crítica Imprimir
Escrito por Florencio Segura   
Miércoles, 06 de Febrero de 2013 19:49

RESEÑA, 1970
NUM.31, PP.167 - 169
EL SUEÑO DE LA RAZÓN
ANTONIO BUERO VALLEJO
 
En 1970 se estrenaba El Sueño de la Razón con cierto riesgo por su contenido político. Faltaban cinco años para que comenzara la democracia  
 
 
Don Francisco de Goya y Lucientes, pintor atormentado, baturro de una pieza sordo y anciano, bronco y seco como un garrotazo, levanta cada día su cansada cabeza sobre las tablas del «Reina Victoria» de Madrid. Y la levanta - hay que decirlo pronto -, espléndidamente, gracias a José Bódalo en la interpretación más cabal y más difícil de su larga carrera. El Sueño de la Razón - hay que decirlo también enseguida ¬ es una obra de factura soberbia, de forma brillante, e incluso excesiva - diapositivas, montaje de luces, efectos sonoros -, y alga escasa de contenido.
 
Buero ha planteado valientemente esta su última obra como un adentramiento riguroso y concentrado en la figura del Goya atormentado de los años de su pintura negra. El tema es hondo, inquietante. Tal vez sean Goya y Quevedo los dos españoles que han tenido una visión más lúcida, más amarga, de los hombres de sus respectivas épocas. En común en ellos la obsesión por la senilidad: una visión del hombre despojado de su fuerza, de su belleza, de su gracia. Esas viejas atroces de bocas sumidas y ojos saltones que aparecen en los lienzos negros de Goya o en los sonetos de Quevedo, son toda una imagen degrada de la humanidad. Goya llega más lejos aun, y es en eso más radical y más moderno: llega a una visión oscura, animalizada, del hombre. Hay en el Museo del Prado tres dibujos de Goya en los que aparece un espejo: un petimetre se contempla y la imagen devuelta es la de un mono; una mujer lo0 hace y el espejo muestra una serpiente enroscada; un militar obtiene como imagen un gato de erizados bigotes. Can esta visión del hombre, atrozmente desengañada y deformada, se adelanta Goya a su tiempo y va a sintonizar con toda una corriente estética - Kafka, Orwell, el teatro del absurdo - de la literatura contemporánea.
 
EI teatro de Buero oscila siempre entre el análisis y la descripción. Yo diría que el Goya de El sueño de la razón esta certeramente descrito y no tan hondamente analizado. Cuando un autor dramático escribe sobre un personaje histórico, hay que concederle el derecho a transcender lo objetivamente documental para apoyarse y servirse de su propia intuición. Buero recaba - y con razón - este derecho para su teatro. Ni el Esquilache de Un soñador para un pueblo, ni mucho menos el Velázquez de Las Meninas, ni este Goya de El sueño de la razón, son literalmente fieles a la Historia. Buero abundo en la descripción ambiental de Esquilache y de Velázquez sirviéndose para ello de escenarios simultáneos, escondiendo tal vez la falta de acción de esos dramas con la abundancia de datos circunstanciales y el número de los personajes. Para Goya ha seguido, en parte, un tratamiento más lineal y más valiente. Ha reducido el número de personajes, los ha encerrado en un único escenario, ha prescindido de muchos detalles que ambientan, pero que también distraen. Y ha interpretado a Goya, como antes a Velázquez y a Esquilache, a la luz de su propia intuición. Pero es curiosa observar como esa intuición se convierte en un sutil y reincidente proceso de identificación, de tales proporciones, que hay que acabar hablando de un Esquilache-Buero, un Velázquez-Buero y un Goya-Buero, tres personajes y un solo autor verdadero. Quiero decir con esto que el análisis hondo del personaje se frustra en parte y en parte se diluye, una vez más, condicionándolo a la descripción del medio. EI Goya atormentado por una visión honda, y por eso universal, del hombre, corre peligro de convertirse en un ciudadano lleno de miedo ante el poder injusto de Fernando VII.
 
En el teatro de Buero, el hombre - siguiendo la conocidísima definición de Ortega - es él y su circunstancia. Que traducido a la visión personal del dramaturgo equivale a un hombre limitado y una circunstancia adversa. El hombre de Buero lucha y es prisionero de sus limitaciones, frecuentemente simbolizadas en deficiencias físicas: la ceguera En La ardiente oscuridad y El concierto de San Ovidio, la mudez en Las cartas boca abajo, la locura en Irene a el tesoro y El tragaluz, la sordera en Hoy es fiesta y El sueño de la razón. La circunstancia es en Buero casi siempre la indiferencia, la soledad, la impotencia y, sobre todo, el poder absolutista e injusto. Por eso el teatro de Buero oscila siempre entre una visión honda, insatisfecha, del hombre - es la línea de sus más grandes aciertos -, y un estudio del medio, de la circunstancia, que deriva con frecuencia en denuncia social. Es esta última su vertiente más frágil y su más seguro refugio cuando después de plantear interrogantes más hondos sobre el sentido del hombre, no acierta a llevarlos a mejor puerto, cuando su intuición llega al límite donde tendría que empezar una estructuración, y el autor duda, se desorienta o se refugia en la ambigüedad.
 
Hace dos años - con motivo del estreno de El tragaluz - escribí en estas mismas páaginas: «Antonio Buero Vallejo es, sin duda alguna, nuestro primer dramaturgo actual. Su sentido de lo teatral es innato, su construcción dramática es incluso excesiva, con un afán constante de superación de obstáculos - que el mismo se busca - para solucionarlos todos con un engranaje teatral, minucioso, en un alarde de virtuosismo escénico. Pero empieza uno a preguntarse si toda esta demostración formal no estará disimulando una pobreza de fondo, si en definitiva lo escenográfico está sustituyendo a lo ideológico» (1). El último estreno de Buero no nos invita a rectificar estas líneas. Porque lo que el público medio destaca y admira sobre todo en El sueño de la razón es un recurso escénico formal: la experiencia audaz de romper las fronteras entre escena y público haciendo que este participe realmente de la sordera de Goya y se interiorice e identifique más ajustadamente can él. Hallazgo genial de Buero, verdadero «tour de force» que culmina toda una serie de recursos escénicos, y que tuvo ya un precedente breve en el apagón de luces del tercer acto de En la ardiente oscuridad, que también pretendía identificar al público con la ceguera de los protagonistas. Si en la línea de los contenidos hacemos reparos al dudoso avance de Buero, es innegable y admirable el avance en la línea de loformal.
 
La obra está dividida en un prólogo y dos partes desiguales. El prólogo - un diálogo entre el rey y Calomarde-, de insegura vinculación con el resto de la obra, sirve para iniciar la intriga dramática - la carta interceptada-, pero, sobre todo, para que Buero se luzca en una inteligente y aguda crítica, de gran calidad literaria, y añada así un capítulo más a su ya conocido «proceso al mal gobierno». El primer acto, además de la sorpresa y el hallazgo del recurso de la sordera del público, está magníficamente construido y dibuja con trazos de altísima calidad literaria el carácter incomparable de Goya. Muy inferior, a nuestro juicio, la segunda parte, en la que comienza ya a pesar la limitación del monólogo, una vez pasada la agradable sorpresa inicial, y el ritmo se apaga y languidece la acción. El autor tiene entonces que acudir a reanimar la escena con dos momentos de acción traídos de fuera. Uno es la plasmación del sueño, que estimo es un añadido innecesario y externo que rompe la unidad y la tensión del problema interior del pintor y que un montaje de luces intermitentes y crudas hace fatigoso al espectador. Otro es la irrupción policíaca, bien resuelta escénicamente, que lleva a la violación de Leocadia y a la terrible humillación de Goya.
 
Buero sigue siendo nuestro más serio dramaturgo actual. Si nuestra crítica es especialmente exigente con él, es precisamente porque sabemos que nos puede dar más. Sentimos y le pedimos que su inagotable habilidad escénica y su certera intuición dramática le obliguen a un análisis más riguroso y decisivo, a una estructura ideológica más consistente. Aciertos escénicos como el dialogo gallina-burro entre Leocadia y Gumersinda intuyen, pera no estructuran, toda la profunda visión animalizada que tuvo Goya del hombre. Y rebajan o banalizan a momentáneo recurso escénico lo que pudo ser sustancial en un análisis más definitivo.
 
Me he referido ya a la soberbia interpretación de Bódalo. Mención especial merece María Asquerino, que supo darnos, casi exclusivamente con sus manos, la tensión interior de su personaje nada fácil. Algo oscura la dicción de Miguel Angel y más que discreta la actuación de los restantes intérpretes. José Osuna ha hecho un montaje complejísimo que es parte integrante y decisiva de toda la obra.
 
 
Título: El sueño de la razón
Autor: Antonio Buero Vallejo
Intérpretes: José Bodalo (Goya), María Asquerino (Leocadia), Miguel Ángel, Antonio Queipo, Ricardo Alpuente, Antonio Puga.
Dirección: José Osuna
Estreno en Madrid: Teatro Reina Victoria, 7 - II - 1970
 

FLORENCIO SEGURA
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Última actualización el Jueves, 07 de Febrero de 2013 07:54