La importancia de llamarse Ernesto. T. Gayarre. Crítica Imprimir
Escrito por Jerónimo López Mozo   
Domingo, 28 de Abril de 2013 16:11

LA IMPORTANCIA DE LLAMARSE ERNESTO
LAS APARIENCIAS NO ENGAÑAN
 
 
IRATXE GARCÍA URIZ
 FOTO: TEATRO GAYARRE
Mucho ha llovido desde que fuera estrenada, en 1895, La importancia de llamarse Ernesto y muchas son las puestas en escena que ha conocido a lo largo y ancho de nuestro planeta a cargo de todo tipo de compañías, desde las de mayor solvencia artística hasta las de aficionados. España no ha sido una excepción e incluso, en los tiempos de Estudio 1, ofreció una adaptación televisiva. Sobre lo que significó la que resultaría ser la última pieza teatral de Oscar Wilde en la Inglaterra victoriana se ha escrito mucho. Las opiniones van, desde las que la consideraban una feroz crítica a la moral de aquella sociedad rigurosa, hasta las que veían en ella un melodrama o la consideraban una comedia de humor disparatado. A lo largo de su prolongada vida escénica, ha ido perdiendo la condición de azote de los representantes de aquel mundo hipócrita que se ahogaba en su propia intransigencia y, cuando se ha querido presentarla como obra de denuncia, solo se ha conseguido a medias. La actual aristocracia o sus abundantes sucedáneos no queda reflejada en la intrincada trama fabulada por Wilde. Es difícil reconocerla en la galería de personajes que pululan por el escenario: individuos desocupados y juerguistas muy poco formales, maestros en el arte de mentir y dados a inventarse parientes o amigos enfermos a los que hacer compañía; damas jóvenes y frívolas a la caza de maridos con posibles; una madre que exige al pretendiente de sus hija que tenga pedigrí; el pretendiente que no puede acreditarlo porque ignora quiénes son sus progenitores, pues apareció metido en una bolsa en la consigna de la estación Victoria y sus padres son adoptivos: la institutriz que introdujo al niño en la bolsa por error, pues le confundió con el manuscrito de una novela que estaba escribiendo; uno criado descreído y otro puntilloso tan iguales que solo se diferencian en la librea que visten; un clérigo dispuesto a rebautizar al que se lo pida…  Lo que protagoniza esta fauna humana es una divertida comedia de enredo o, si se prefiere, de apariencias, que no tiene desperdicio y que, como sucede en las creadas en los siglos áureos, llegados al tercer acto, alguien, en este caso la institutriz, deshace la madeja y propicia un desenlace feliz.
 
Lo que Alfredo Sanzol nos brinda es una inteligente parodia, no muy alejada en su intención de las escritas por él. Se recrea en los pequeños detalles, nos presenta lo inverosímil como normal, rinde homenaje al absurdo, entendiendo por tal el que inventaron nuestros mejores comediógrafos de la pasada centuria, y lo pone todo bajo un paraguas de buen humor verbal y gestual. Respecto al primero es de destacar que la versión que firman Sanzol y José Padilla resuelve las dificultades que plantea la traducción del texto original, rico en diálogos ingeniosos salpicados de juegos de palabras, de frases en las que las combinaciones sintácticas alteran su sentido y de citas que, sin las referencias locales, pierden buena parte de su intencionalidad. Las que sustituyen a las salidas de la imaginación de Wilde están bien traídas y provocan el efecto pretendido.
 
Los escenarios en que trascurre la acción se reducen, en esta puesta en escena, a uno, diseñado por Tomás Muñoz: un salón en medio de un jardín vertical con algunos huecos practicables. Sanzol ha imprimido a la acción el ritmo vivo al que el texto invita. Los actores, bien vestidos por Alejandro Andújar, que ha realizado unos figurines coloristas ajustados a la moda de la época, derrochan comicidad. Patxi Larrea y Iratxe García Uriz están brillantes en la ágil esgrima verbal que mantienen, en la que las estocadas que se lanzan llevan la ironía y el veneno que Oscar Wilde puso en su inagotable repertorio de sentencias y frases ingeniosas. El resto  del reparto, que varía en tres de sus miembros de unas funciones a otras, aprovecha bien las oportunidades que les brindan sus personajes, siendo los femeninos los que tienen mayor enjundia.
 
Título: La importancia de llamarse Ernesto
Autor: Oscar Wilde
Adaptación: Alfredo Sanzol y José Padilla
Escenografía e iluminación: Tomás Muñoz                          
Vestuario: Alejandro Andújar
Creación utilería: Javier Sáez  
Espacio sonoro: Javier Asín
Ayudante de dirección: Ana Maestrojuán                      
Director técnico: Juan Pedro Juanmartiñena
Técnico de iluminación: Koldo Taínta
Realización escenografía: Adolfo Gutiérrez
Realización de vestuario: Sastrería Cornejo
Realización de posticería: Fent i Desfent (Eva Fernández Suller)
Maquillaje y peluquería: Mª Balbina Carracedo y Sara Napal
Producción: Fundación Municipal Teatro Gayarre
Intérpretes: José María Asín (Reverendo Chasuble), Iratxe García Uriz           
(Cecilia Cardew), Txori García Uriz (Jack Worthing), Marta Juániz (Señora Prism), Patxi Larrea (Algernon Moncrieff), Pablo Del Mundillo (Lane y Merriman), Aurora Moneo (Lady Bracknell), Leire Ruiz (Gwendolyn Fairfax)       
Los días 14, 19, 20, 21 y 27 de abril Ana Maestrojuán sustituye a Marta Juániz.
Los días, 19, 20, 21 y 27 de abril: Marta Juániz sustituye a Leire Ruiz.
Los días, 7, 8, 9, 10, 11 y 12 de mayo Pedro Miguel Martínez sustituye a José María Asín.
Dirección: Alfredo Sanzol
Estreno en Madrid: Teatro Fernán Gómez, 16 - IV -2013
 
 FOTO:  TEATRO GAYARRE
 
 


JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
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Última actualización el Domingo, 28 de Abril de 2013 16:37