L'Isola degli schiavi. Reseña, 1995. Crítica Imprimir

 
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RESEÑA, 1995
NUM 266, pp.24

 

L'ISOLA DEGLI SCHIAVI
EL REGRESO DEL PICCOLO

En 1995  El Festival de otoño de Madrid traía L'isola degli Schiavi de Pierre de Marivaux, autor poco conocido en España. La puesta en sescena por el mítico Strehlerl, del Piccolo de Milán, fue uno de los alicientes. 

 

 

 

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 FOTO: L. CIMINAGUI

La referencia al Piccolo Teatro di Milano, que dirige Giorgio Strehler es siempre obligada a la hora de hablar de la puesta en escena en el teatro europeo. En concreto es patente su magisterio sobre algunas de las personalidades más brillantes de la dirección escénica en España. El director italiano llega ahora al Festival de Otoño con La isla de los esclavos, un texto del comediógrafo del siglo XVIII francés, Pierre Marivaux, quien a su vez se inspira en los modelos y personajes de la comedia del arte italiana.

La isla de los esclavos retoma la tradición de las utopías renacentistas y propone un espacio lejano, inasequible y mítico como lugar en el que plantear unos imposibles modelos sociales cuya confrontación con la mezquindad de las estructuras vigentes debe originar una purificación moral. El naufragio y la desnudez de los cuatro personajes marcan el inicio de ese proceso que anuncia un nuevo ámbito y a la vez la revisión de los valores que hasta el momento se tenían como validos. En efecto, han llegado a la isla de los esclavos, el lugar en el que los criados son señores y los amos, criados. Sin embargo, esta subversión social no es revolucionaria, no es permanente. Los amos deberán aprender la lección que les lleva a comportarse de una manera correcta con los criados cuando se hayan visto en su piel por algún tiempo.

El final, feliz, culmina con la reconciliación y la promesa de ser mejores, que se celebra con una fiesta en la que los personajes se desnudan de nuevo, lo cual marca no sólo el final de la experiencia y de la estancia en la isla, sino también el éxito del proceso de purificación y encuentro a que han sido sometidos: se han despojado de sus viejas lacras y en adelante serán mejores. Así subraya Streler el optimismo moralizante de la pieza de Marivaux.

Más allá del planteamiento de conjunto sobre las intenciones de la comedia, el juicio sobre la puesta en escena del director italiano queda muy limitado para quien no domina el italiano, máxime si se tiene en cuenta que se trata de un trabajo en el que la palabra adquiere un papel preponderante y que el texto del que parte es poco o nada conocido en España.

Con estas reservas, puede abordarse el intento de objetivar las impresiones que deja un espectáculo marcado, como suele suceder con los trabajos de Strehler, para la limpieza formal y la belleza plástica. Destaca la magnífica ambientación, conseguida sobre todo para los recursos lumínicos. Esta iluminación, reforzada por la utilización del ciclorama y por el empleo de las sombras, sirve para contar parte de la historia, para seguir la idea de un ámbito utópico o hasta para marcar matizaciones temporales. Este conjunto revela esa maestría y ese buen gusto que se suponen siempre al Piccolo.

Algo semejante cabe decir de una interpretación de calidad, que tanto debe a la tradición italiana de la comedia del arte, con la fuerte codificación de sus movimientos sobre todo en el personaje de Arlequín, e incluso de la comedia en general. Esta calidad interpretativa puede apreciarse en los juegos de voces, la capacidad de matizar, la variedad de recursos, etcetera.

Sin embargo, hay aspectos de la representación que, con las reservas a que me he referido, sorprenden desfavorablemente. Uno de ellos es el acentuado estatismo de muchos de los momentos del espectáculo, rasgo que queda reforzado par un ritmo deliberadamente lento que hace difícil una función en un idioma extranjero, aunque ese ritmo contribuya a imprimir un sella y una elegancia peculiares a la estética del Piccolo. Menor justificación tiene el recurso a «gags» demasiado fáciles, como los golpes con las paredes, que desmerecen de la exquisitez que caracteriza a los trabajos del grupo italiano.

A pesar de todo ello el espectáculo entusiasmó al público en el día del estreno, quien premió al Piccolo con una prolongada y calurosa ovación.

Título: L'Isola degli schiavi.
Autor: Marivaux.
Producción: Piccolo Teatro di Milano.
Dirección: Giorgio Strehler.
Escenografía: Ezio Frigerio.
Músicos: Gianni Bobbio, Mario Carlini, Leonardo Cipriani, Giulio Luciani.
Intérpretes: Leonardo de Colle, Mattia Sbragia, Laura Marinoni, Pamela Villoresi, Renato di Carmine.
Estreno en Madrid: Teatro Albéniz, 4-X-1995. 

 

 
 

 

Eduardo Pérez – Rasilla
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