La isla de los esclavos. Marivaux. Venezia. Crítica Imprimir

LA ISLA DE LOS ESCLAVOS
UTÓPICA ESCUELA
PARA LA REHABILITACIÓN DE MALOS AMOS

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 EVA GARCÍA / ANA MAYO
FOTO: www.madridteatro.net

La joven compañía Venezia Teatro ha desembarcado en la marivauxiana isla de los esclavos tras pasar por la goldoniana hostería de la Posta. Según dicen quienes han tenido la suerte de acompañarles desde el principio, ha sido un viaje atractivo y enriquecedor. Este crítico, que se ha incorporado tarde y solo ha asistido a la visita a ese lugar imaginario situado en medio del mar, ya tiene reservado el billete para su siguiente aventura escénica.

El teatro de Marivaux no ha destacado por su presencia en los escenarios españoles. Tras un lejano estreno de El triunfo del amor y del azar dirigida por un joven Miguel Narros, tenemos que remontarnos a 1993 para encontrar otra función del autor francés, en esa ocasión La doble inconstancia, de la mano, de nuevo, de Narros. Salvo alguna que otra puesta en escena realizada en escuelas de arte dramático – en 2010 la de Actores de Canarias hizo El príncipe travestido -, poco más ha habido. Aunque el Teatro Nacional de Cataluña ha anunciado para 2014 la puesta en escena de Flotats de El juego del amor y el azar, es evidente que, entre nosotros, todavía sigue pesando la idea de que Marivaux era un dramaturgo refinado en el sentimiento y la expresión, con tendencia al amaneramiento, cuya audacia era un juego de niños que ignoraba que Francia navegaba hacia tiempos de graves mudanzas. No sorprende, por tanto, que La isla de los esclavos forme parte de la lista de ausencias en nuestras carteleras. Si esa pieza breve escrita en 1725 para los comediantes del Teatro de los Italianos en París, dirigido por Luigi Riccobomi, está en la memoria de unos cientos de espectadores españoles es porque Giorgio Strehler y el Picollo Teatro de Milán la trajeron, en 1994, al teatro Poliorama de Barcelona y, un año después, al Festival de Otoño de Madrid.

Sobre el contenido de la obra y su significado, merece la pena que recordemos lo que Eduardo Pérez Rasilla escribió con ocasión de su paso por Madrid, pues, a nuestro juicio, es difícil decir más con menos palabras: “La isla de los esclavos retoma la tradición de las utopías renacentistas y propone un espacio lejano, inaccesible y mítico como lugar en el que plantear unos imposibles modelos sociales, cuya confrontación con la mezquindad de las estructuras vigentes debe originar una purificación moral. El naufragio y la desnudez de los cuatro personajes marcan el inicio de ese proceso que anuncia un nuevo ámbito y, a la vez, la revisión de los valores que hasta el momento se tenían como válidos. En efecto, han llegado a la isla de los esclavos, el lugar en el que los criados son señores y los amos, criados. Sin embargo, esta subversión social no es revolucionaria, no es permanente. Los amos deben aprender la lección que les lleva a comportarse de una manera correcta con los criados cuando se hayan visto en su piel por algún tiempo. El final feliz culmina con la reconciliación y la promesa de ser mejores, que se celebra con una fiesta en la cual los personajes se desnudan de nuevo, lo que marca no solo el final de la experiencia y de la estancia en la isla, sino también el éxito del proceso de purificación y encuentro a que han sido sometidos: se han despojado de sus viejas lacras y en adelante serán mejores”. (RESEÑA, nº 266, noviembre 1995, pp. 24).

En su puesta en escena, Venezia Teatro ha sustituido el paisaje sugerido por el autor -mar, rocas, árboles y casas- por un espacio abierto cuyo suelo reproduce los escaques de un tablero de ajedrez.  En él, cuatro personajes, de blanco los amos Ifícrates y Eufrosina y de negro sus respectivos criados Arlequín y Cleantis, juegan una partida que, pudiendo acabar en jaque mate a favor de los segundos, lo hace en tablas. A tal resultado se llega porque el autor dotó a los siervos de buenos sentimientos y concedió a Trívelin, conductor de la acción y antiguo esclavo, las necesarias dotes persuasivas para convencer de que la venganza debe ser desterrada del comportamiento humano. Pensando tal vez que tan idílico desenlace peca de optimista, José Gómez, autor de la versión y director, ha añadido instantes antes de hacerse el oscuro un gesto fugaz de Arlequín que deja la puerta abierta a otros finales sin duda menos amables. Hay alguna otra acción que contribuye a enriquecer el juego escénico, amén de una oportuna revisión del texto que lo acerca al lenguaje actual.

Plato fuerte del espectáculo es la interpretación. En un reparto sin personajes secundarios, Antonio Lafuente (Ifícrates), Borja Luna (Arlequín), Javier Lago (Trívelín), Ana Mayo (Cleantis) y Eva García (Eufrosina) hacen un excelente trabajo individual. Pero también lo es el de conjunto. Bien dirigidos, en esta segunda aventura escénica forman un equipo homogéneo bien engrasado en el que todas las piezas se acoplan perfectamente. Así queda acreditado en el proceso que lleva a amos y esclavos desde su condición inicial de seres de una pieza a su deconstrucción cuando, a iniciativa de Trívelin, intercambian sus roles; o en el sutil tránsito desde una declamación deliberadamente rebuscada y afectada, propia de la época en que la pieza fue escrita, a una naturalidad que excluye lo artificioso.

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ANA MAYO / EVA GARCÍA / JAVIER LAGO
ANTONIA LAFUENTE /BORJA LUNA
FOTO: www.madridteatro.net

Título: La isla de los esclavos
Autor: Pierre de Marivaux
Escenografía y vestuario: Sara Roma
Diseño de luces: Marta Cofrade
Guía didáctica: Marta Cobos
Gestión de público: Jaime Pintor
Ayudante de dirección: Paloma Rodera
Producción: Venezia Teatro
Intérpretes: Eva García (Eufresina), Ana Mayo (Cleantis), Borja Luna (Arlequín), Javier Lago (Trivelín), Antonio Lafuente (Ifícrates)
Dirección: José Gómez
Duración: 70 minutos
Estreno en Madrid: Teatro Fernán Gómez (Sala 2), 12 - X - 2013

 

 

JERÓNIMO LÓPEZ MOZO
Copyright©lópezmozo

 


TEATRO FERNÁN GÓMEZ
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